Hijos del corazón

Por: María Gabriela Méndez

Publicado en la Revista Bienestar 136. Aquí puedes consultar el artículo original.

El número de adopciones en Colombia viene en descenso desde 2011, mientras crece el número de niños con los derechos vulnerados y hay cada vez más parejas en lista de espera. ¿Por qué es tan complicado el proceso de adopción en el país?

Un día, en el colegio, Vivianne se levantó de su pupitre y dijo a viva voz que era adoptada. Lo dijo divertida, espontánea, natural, como había sido para ella siempre. Cuando su mamá fue a recogerla por la tarde, varias compañeritas de Vivianne, que estaba en primero de primaria, se acercaron para averiguar:
—¿Es verdad que Vivianne es adoptada?
Reyna Tesone, la mamá, decía sin problema:
—Si, Vivianne es adoptada.
La última niña en acercarse preguntó lo mismo, pero fue la única que se quedó pensativa. Al cabo de unos segundos, volvió a preguntar:
—¿Adoptada? ¿Y eso qué es?
Como esa niña, mucha gente no sabe en realidad qué es la adopción, o conocen superficialmente de qué se trata. Por eso, ven de reojo esa alternativa para miles de niños con sus derechos amenazados o vulnerados, que podrían tener una vida mejor al encontrar una familia.

Reyna Tesone ha padecido esos prejuicios desde el día en que se le cruzó la idea de adoptar, hace 31 años:
—Mi esposo y yo habíamos intentado tener una familia y no pudimos. En esa época yo estaba viendo una telenovela que trataba sobre una pareja en trámites para adoptar. Un día lo comenté en una sesión de psicología que tenía con mi esposo: no sé cuál de los dos me miró peor. Yo no volví a tocar el tema. Un año después, mi esposo me dijo que quería adoptar. Reuní a la familia y les dije que íbamos a hacerlo, para que no hubiera rechazo. Ahí empezó esta historia.

Elizabeth Cortina y su esposo, John Jairo Naranjo, intentaron muchas veces tener hijos. Tras el sufrimiento y la frustración por no lograr embarazarse, Elizabeth pensó en la adopción. Aunque su esposo no estaba convencido, la acompañó a un taller en la Fundación CRAN (Centro para el Reintegro y Atención del Niño). Dos años y medio después, con su hijo Samuel correteando por la casa, Naranjo reconoce que, como a muchos, a él lo frenaba el miedo:
—Hay mucha desinformación y estigmatización. No estamos educados para la adopción, no somos conscientes de cuál es el significado. Dentro de todo el proceso, valoro mucho ese taller inicial porque nos sirvió para despejar dudas. Adoptar es lo mejor que me ha pasado —dice con una sonrisa—. Veo parejas que no pueden tener hijos y no toman la decisión de adoptar porque conservan muchos prejuicios. Yo les digo que empiecen el proceso, aunque no estén decididos.
Su esposa interviene:
—Si alguien me hubiera explicado, como lo hicieron en CRAN, en qué consistía la adopción, lo hubiera hecho mucho antes.

Los padres adoptantes dudan si su hijo los va a amar y si ellos van a poder amarlo a él; temen que alguien se los quite aunque ellos tengan la patria potestad; tiemblan de solo pensar que el hijo quiera conocer a su familia biológica y las consecuencias que eso pueda traer; les asusta la posibilidad de que sus hijos sean discriminados.

También hay mucha incertidumbre y preocupación. ¿Estará sano? ¿Será un bebé llorón o tranquilo? ¿Será rebelde en la adolescencia? Frente a esas típicas preguntas, Diana Dueñas, trabajadora social de la Fundación Casa de la Madre y el Niño, una institución con más de 70 años, responde:
—Un bebé en adopción y un bebé biológico plantean el mismo misterio.

Lo primero que hay que entender es que el proceso de adopción consiste en encontrar la familia idónea para un niño, y no lo contrario. Parece una sutil diferencia, pero no lo es. Porque lo que prevalece son los derechos del niño, que son los que están vulnerados, no los del adulto. Diana Dueñas es tajante:
—Las familias no escogen a los niños. Es el comité de adopciones, en nombre del niño, el que escoge a la familia idónea social, psicológica, moral y económicamente. Nunca ponemos a un niño en una familia por el bienestar de la familia, es al revés.

Por esa razón, los niños no se eligen ni por sexo ni por señas particulares. “El que quiere elegir a un niño con tales o cuales características, que compre una mascota”, acota Gonzalo Gutiérrez, director de CRAN, una de las seis instituciones autorizadas por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar para adelantar procesos de adopción.

Otra idea equivocada es pensar que la adopción es una obra de caridad, cuando en realidad es un acto de verdadero amor y compromiso para toda la vida. La mayoría de las parejas que empieza un proceso de adopción lo hace por problemas de fertilidad, y da el paso guiada por el deseo de tener una familia, no por compasión hacia estos niños.

Atada a esta creencia hay otra, también errada: que los padres adoptivos “compran” un bebé. Reyna Tesone dejó de contar las veces que le preguntaron “¿Cuánto pagó por la bebé?”. Todavía la altera pensar en tal desconocimiento. La ley establece que ni el ICBF ni las instituciones autorizadas podrán cobrar directa o indirectamente retribución alguna por la entrega de un niño. Lo que sí deben pagar son los gastos que generen los trámites.

Laberinto administrativo

Reyna Tesone y su esposo esperaron, curiosamente, nueve meses para conocer a Vivianne: un día los llamaron de FANA (Fundación para la Asistencia de la Niñez Abandonada) y les pidieron que fueran hasta la sede de la institución. Después de más de una hora en suspenso, entraron a una habitación y les pusieron a una niña en los brazos.
—Fue muy emocionante. No tuve dolores de parto, pero el apego fue inmediato, eso no tiene explicación con palabras. Tuve una conexión que no sé explicar, lo sientes como tuyo, como si fuera biológico desde el primer momento.

Desafortunadamente, no todas las parejas tienen la suerte de esperar pocos meses. En promedio, el tiempo de espera para una familia colombiana puede ser de mínimo un año y máximo tres. El tiempo varía dependiendo de la edad del niño que desean: los bebés y niños menores de tres años son los más solicitados. Una familia extranjera que quiera adoptar niños entre cero y seis años de edad debe esperar, según el ICBF, hasta siete años. Pero si la familia está dispuesta a adoptar grupos de hermanos, niños mayores de ocho años, o niños con algún problema médico, es decir, de difícil adoptabilidad (suman más de siete mil en todo el país), la adopción es casi inmediata. Por decreto, las familias colombianas tienen preferencia frente a las extranjeras.

Todos los niños, niñas y adolescentes que tienen sus derechos amenazados deben pasar, sin excepción, por un Proceso Administrativo de Restablecimiento de Derechos que lleva adelante el ICBF, y que culmina con el reintegro del niño a su familia biológica o con su adopción por una familia adoptante. Mientras tanto, están al cuidado de hogares sustitutos o institucionales. A las familias biológicas regresa entre el 80 y el 90% de los niños que entran al Proceso. Solo del 10 a 20% pasa a ser declarado como adoptable.

Aunque el artículo 100 del Código de la Infancia y la Adolescencia establece que el Proceso de Restablecimiento de Derechos debe resolverse dentro de los cuatro meses siguientes a la fecha de la presentación de la solicitud, y que, excepcionalmente, se podrá ampliar hasta por dos meses más, lo cierto es que en promedio, un niño puede estar quince meses en una casa de adopción. Hay quienes están menos tiempo y hay quienes están cuatro o cinco años. Lo ideal es que el menor no pase más de un año en una institución.

Helena Martínez, directora de FANA, explica:
—El niño debería estar con una familia definitiva lo más rápido posible. Cuando un niño que tiene los derechos vulnerados llega a un hogar sustituto o institucional comienza a crecer, sus potenciales se abren, sus ojos brillan. Pero después de un tiempo empieza a decaer, porque necesita tener una familia que sea suya para siempre, no un hogar de paso.

Desde la Subdirección de Adopciones del ICBF, autoridad central en esta materia, se define la situación actual como “preocupante”, pues el proceso para la declaratoria de adoptabilidad se extendió debido, sobre todo, a la Sentencia T-844 de 2011, de la Corte Constitucional, que establece que para declarar la adoptabilidad de un niño, el ICBF debe tratar de localizar a su familia hasta el sexto grado de consanguinidad, para ver si alguno de sus parientes quiere adoptarlo. La consecuencia inmediata es la imposibilidad de cumplir con los tiempos de espera estipulados en la ley, y la permanencia indefinida de niños que crecen en medio de la incertidumbre legal y las carencias afectivas.

—Yo lo veo como algo natural —dice Tesone—. Si yo quiero un hijo y otro no lo quiere, ¿por qué no adoptarlo?

Aunque la ecuación parece simple, no lo es porque la adopción es un proceso complejo: de un lado hay 3.534 familias (3.181 extranjeras y 353 colombianas) en espera para adoptar un niño; del otro, hay alrededor de 10.000 niños que tienen declaratoria de adoptabilidad. El número de familias en listas de espera crece, mientras que la cantidad de adopciones viene en descenso. Y no porque haya menos niños con sus derechos vulnerados, sino por retrasos en el sistema.

En 2011, en Colombia, se adoptaron 2.713 niños; el año siguiente la cifra bajó a 1.465. En 2013 siguió cayendo: solo se dieron en adopción 1.125 niños; hasta agosto de este año se habían concretado 735 adopciones. Desde mayo de 2013 no se reciben nuevas solicitudes de familias extranjeras, con la idea de no crearles falsas expectativas.

El sistema de adopción es lento porque comprende un engranaje donde intervienen muchos actores: el ICBF, la Procuraduría con sus delegados para la infancia y la adolescencia, los jueces de familia, los tribunales. Según explica Gutiérrez, hay muchos de estos funcionarios a quienes no les gusta la adopción como forma legítima de darle a un niño unos padres reales:

—Tienen muchos prejuicios en torno a la adopción y a veces prefieren reinsertar al niño con su familia biológica, aunque ésta lo maltrate. El ICBF tiene 1.300 defensores de familia y, en mi opinión, no más de 50 ven la adopción como algo legítimo.

Son pocos los que asumen que los derechos del niño están por encima de todo, y aplican la ley. El problema no es de la ley; la ley está bien, pero no se puede quedar solo en enunciados, debe cumplirse.

La Encuesta Nacional de Demografía y Salud más reciente de Profamilia (2010) reveló que 52% de los niños nacidos en Colombia no son deseados o planificados. ¿Cuántos de esos niños serán abandonados o maltratados en el futuro? Es algo que no se puede saber. La única certeza es que la cifra crece. Cada año pasan por el proceso de restablecimiento de derechos unos 80 mil niños, niñas y adolescentes.

El Estado tiene un compromiso pendiente en esta materia: agilizar los procesos y garantizarle a estos niños una familia en un tiempo breve. La sociedad tiene también una tarea: dejar de mirar la adopción con prejuicios.

Padres biológicos y padres reales

Para Elizabeth y John Jairo no fue fácil tomar la decisión de adoptar: hacerlo significaba ponerle punto final a los intentos de tener un bebé, aceptar definitivamente que esa no sería la vía para ser padres. Se puede formar una familia a través de un camino diferente.

Con la idea en su cabeza, Elizabeth se lo comentó a su madre y ella le dijo: “Ser mamá no es parir sino criar. Hay muchas formas de ser mamá”. Al tener eso claro, dejó de importarle cómo iba a llegar su hijo:

—Me hice esta pregunta: ¿Qué quieres realmente, estar embarazada o tener un bebé? Y la respuesta fue: tener un bebé.

La pareja recibió del CRAN una fotografía de su hijo un mes antes de la entrega. Desde ese primer “encuentro” ambos empezaron a amar a Samuel:

—Entendí que no tienes que conocer a alguien para amarlo. ¡El amor que se siente es algo inexplicable, porque lo has esperado tanto! Tenía que pasar por esto para encontrar a Samuel. Menos mal que no quedé embarazada, porque no nos hubiéramos conocido. Él es mi hijo y no otro —dice emocionada Elizabeth.

Gonzalo Gutiérrez cita al psiquiatra colombiano Juan Rafael Padilla:

—“Hay padres biológicos y padres reales. A veces, coinciden los dos”. La familia real es aquella con la que el niño se vincula, con la que interactúa, que lo cuida y lo protege. Por eso —dice—, la adopción no es para todo el mundo. Adoptar es una decisión de por vida.

Por su parte, Reyna Tesone afirma:

—Hay que estar muy seguro de esa decisión. Es una responsabilidad mayor de la que implica tener un hijo biológico. Porque este niño ya ha pasado por el trauma del abandono y es muy importante darle mucho amor, que se sienta feliz.

Para Elizabeth y John Jairo ha sido tan maravillosa la experiencia de la paternidad que han querido repetirla: en enero de 2014 empezaron un nuevo proceso de adopción porque quieren darle a Samuel la felicidad de un hermano o hermana. Esta segunda vez la espera volverá a sentirse infinita, no importa cuánto tarde el proceso. Pero Elizabeth sabe cómo ganarle el juego a la ansiedad:

—Uno tiende a desesperarse como padre adoptante. Pero después de que lo tienes contigo y ves lo perfecto que es, piensas: ya sé por qué se demoraron tanto.